Cayó el delincuente en manos de la autoridad, la ley sobre él con todo su peso en un miércoles de ceniza. Golpeado y herido por sus captores, con llagas aún abiertas, con el corazón por la culpa destrozado, amoratado, como su perfil contrahecho, está como ido en esa comisaría de pésimo aspecto. Entre el desorden y la suciedad de semejante oficina, no sabe ni dónde colocar sus ojos, no sabe cómo huir de sí mismo, quisiera negar la realidad y borrar el tiempo vivido. Sí, hasta parece arrepentido mientras lo interrogan con insistencia, se encoge como un niño. Con su gesto helado y su mirada de hombre desquiciado, sólo alcanza a pronunciar entre sus labios, un murmuro casi inaudible cuando quiere decir: Jesús.
-Ahora se pone místico, el muy maldito- le grita el gendarme, mal encarado y mal fajado, mientras se rasca las orejas con el bolígrafo de sus manos.
-¡Contesta, criminal!
Parece que escucha el delincuente, pero de inmediato vuelve a la confusa nube de sus pensamientos, donde la imagen ensangrentada de su víctima se mezcla obsesivamente con el recuerdo de aquel crucifijo de madera que colgaba arriba de su cama cuando niño, las voces exteriores no pueden superar la estridencia de la sedición que sufre en su interior sin paz, por eso nada oye ni responde, excitando así la desesperación de sus captores.
-¡Contesta, desgraciado!
Pero no, no responde lo que quieren, después de un suspiro tan sólo vuelve a murmurar: Jesús, Jesús.
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miércoles, 25 de febrero de 2009
domingo, 26 de octubre de 2008
La vieja beata
“Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu espíritu” pensó mientras leía en el muro de un antiguo edificio la palabra “Ley”. Caminaba despacio, su cuerpo debilitado por los años apenas le permitía andar a ese ritmo tan anacrónico para la modernísima urbe en que sobrevivía: parecía una estatua entre veloces autos y gente con prisa. El bullicio del tráfago citadino no perturbaba sus pensamientos, que giraban devotamente en torno a Dios y sus Sagradas Escrituras. “El que me ama cumplirá mi Palabra…” recordaba otra vez como habían cambiado su vida estas palabras, tantos años atrás, cuando aún no tenía ni marido ni hijos.
Y al doblar esa esquina, donde otras ocasiones ya había visto a esos jóvenes perdiendo el tiempo entre burlas y embriagueces, alcanzó a escuchar al pasar: “ahí va otra vez a rezar, esa vieja beata, jija…”. Quién podía entenderlo –pensaba sin voltear siquiera- para estos jóvenes la palabra ‘beata’ es un insulto y rezar una irrisión… ¡que Dios les ayude pronto a encontrar la conversión! Con tan pocas fuerzas para malgastar en pasiones de furia, la anciana ya no podía odiar a esos muchachos: sólo quería y pedía para ellos la paz de las almas que frecuentan los sacramentos, el éxtasis de los que oran con el mayor fervor, la gracia de los que creyentes que esperan en Dios.
En ese momento su preocupación se concentraba en llegar temprano a misa, antes incluso de que el sacerdote entrara. Como quinceañera enamorada ya no podía esperar más, sus ojos reflejaban el brillo de tan jovial ilusión: anhelaba con todo su corazón que llegara ese momento dorado en que recibiría a su Amadísimo Señor. Aun llena de amor, de fe y esperanza, aun con todo el heroísmo de su paciencia cultivada por décadas, aun con su perspectiva alegre y cristiana de la vida, todo el día era de un gris fatigoso hasta que llegaba ese sagrado momento, que daba sentido a los últimos días de su existencia en esta vida terrena de dolores y angustias. Sólo quería vivir para Jesús, y sólo en la Eucaristía se acercaba tanto y tan íntimamente al Amor de sus amores. Sí, ya no había cabida para albergar otro tipo de deseos, sólo quería vivir para el Santísimo Sacramento del Altar.
Y al doblar esa esquina, donde otras ocasiones ya había visto a esos jóvenes perdiendo el tiempo entre burlas y embriagueces, alcanzó a escuchar al pasar: “ahí va otra vez a rezar, esa vieja beata, jija…”. Quién podía entenderlo –pensaba sin voltear siquiera- para estos jóvenes la palabra ‘beata’ es un insulto y rezar una irrisión… ¡que Dios les ayude pronto a encontrar la conversión! Con tan pocas fuerzas para malgastar en pasiones de furia, la anciana ya no podía odiar a esos muchachos: sólo quería y pedía para ellos la paz de las almas que frecuentan los sacramentos, el éxtasis de los que oran con el mayor fervor, la gracia de los que creyentes que esperan en Dios.
En ese momento su preocupación se concentraba en llegar temprano a misa, antes incluso de que el sacerdote entrara. Como quinceañera enamorada ya no podía esperar más, sus ojos reflejaban el brillo de tan jovial ilusión: anhelaba con todo su corazón que llegara ese momento dorado en que recibiría a su Amadísimo Señor. Aun llena de amor, de fe y esperanza, aun con todo el heroísmo de su paciencia cultivada por décadas, aun con su perspectiva alegre y cristiana de la vida, todo el día era de un gris fatigoso hasta que llegaba ese sagrado momento, que daba sentido a los últimos días de su existencia en esta vida terrena de dolores y angustias. Sólo quería vivir para Jesús, y sólo en la Eucaristía se acercaba tanto y tan íntimamente al Amor de sus amores. Sí, ya no había cabida para albergar otro tipo de deseos, sólo quería vivir para el Santísimo Sacramento del Altar.
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