Abre mis oídos, desata mi lengua,
lléname de tu palabra, Señor, sé Tú todo mi corazón,
déjame ser metal fino donde resuene imponente tu voz,
déjame ser agua clara que no impida el paso de tu luz...
Toca mis oídos, mi lengua, cúrame,
vive en mí, Sé Tú el Dios del templo de este cuerpo,
déjame ser aire que vibre y lleve la vida de tu voz,
déjame ser flama que alumbre con la gracia de tu luz...
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domingo, 6 de septiembre de 2009
lunes, 24 de marzo de 2008
Resurrección de la Palabra
La palabra "resurrección" había muerto, o al menos eso parecía. No se escuchaba en las plazas ni en los teatros, y hasta se dejaba de oir en las casas. Vocablo que sonaba sin ser escuchado, como ruido de fondo, no tenía sentido ni significación. Entonces otra palabra pretendía devorar todo vocabulario: "muerte". ¿Y quién puede entender algo sin la vida de la palabra, quién puede vivir sin entender nada?
Era la Palabra misma, olvidada por necedad humana, la que hacía falta en cada voz. Era también herencia de una Eva y un Adán, que por vana ciencia habían perdido la sabiduría de la vida edénica. Por eso la resurreción a nada sonaba, o sonaba a cuento chino, artificio de mago de fiestas, hechizo fallido, invento de payaso o retórica de merolico. Ah, pobres hombres que habíamos olvidado la verdad y el sentido de las palabras, seducidos por ideologías necrófilas y filosofías huecas, con su olvido habíamos perdido también la propia vida: nosotros éramos los cuentos chinos, los artificios de magos, la retórica del merolico.
La Palabra misma tuvo que encarnarse para liberarnos de las ataduras que ensordecían nuestros espíritus. La Palabra se encarnó, murió y resucitó para dar vida plena a quienes hoy ya escuchan: Resurrección...
Era la Palabra misma, olvidada por necedad humana, la que hacía falta en cada voz. Era también herencia de una Eva y un Adán, que por vana ciencia habían perdido la sabiduría de la vida edénica. Por eso la resurreción a nada sonaba, o sonaba a cuento chino, artificio de mago de fiestas, hechizo fallido, invento de payaso o retórica de merolico. Ah, pobres hombres que habíamos olvidado la verdad y el sentido de las palabras, seducidos por ideologías necrófilas y filosofías huecas, con su olvido habíamos perdido también la propia vida: nosotros éramos los cuentos chinos, los artificios de magos, la retórica del merolico.
La Palabra misma tuvo que encarnarse para liberarnos de las ataduras que ensordecían nuestros espíritus. La Palabra se encarnó, murió y resucitó para dar vida plena a quienes hoy ya escuchan: Resurrección...
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