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viernes, 25 de septiembre de 2009

El rompecabezas.

Desde pequeño recibió el bello y misterioso rompecabezas. Contaba con tantas piezas que se acostumbró a pensar que nunca llegaría el día en que resolvería tan complicado juego. Avanzaba poco a poco, y por largas temporadas lo dejaba olvidado antes de volver en su intento, pero eso sí, volvía una y otra vez, movido por la fabulosa e inagotable curiosidad de saber cómo sería la imagen resultante al final de tan ardua tarea.

El último día de su vida, entrado en canas y achaques, arrugado ya su rostro, calmo y sabio ya su espíritu, en la madrugada de un gélido día de invierno a punto de reír el alba, a resguardo en su viejo hogar con chimenea y bajo la luz de una vieja y grande lámpara, al fin logró colocar la última pieza... y fue hasta entonces cuando al fin su entendimiento en un breve pero contundente insight, captó con toda claridad la imagen tan esperada del místico rompecabezas ya resuelto: era él mismo.

Horas después, al llegar a casa sus familiares lo hallaron muerto: yacía sobre su amado puzle. Su esposa comentó que, seguramente, la fuerte impresión de haber visto acabado el antiguo enigma, le habría causado el infarto fulminante que lo mató. Suspicaz, su mejor amigo intuyó otra versión de las cosas, pero nadie le creyó.

lunes, 2 de junio de 2008

Don Faustino

Don Faustino creía haber conocido de todo, pocas cosas movían ya su asombro. Había triunfado en la gran ciudad capital, donde era ya una reputada autoridad de las letras y los números. Además, contaba con posgrados en teología y antropología. Harto de sus libros, se volvió coleccionista de extravagancias intelectuales y bagatelas filosóficas. Así llegó a las artes ocultas, que comenzó a aprender en su biblioteca donde antes resonaban los versos de Bécquer, San Juan de la Cruz, Garcilaso o Sor Juana, donde recitaba a Baudelaire o a Claudel en un perfecto francés, no faltaba un Rilke en alemán o un Pessoa en portugués, ese templo ecuménico recibía todas las grandes voces.

Su piel hasta palideció, ya no sabía cómo se sentía el calor del sol sobre los poros. Con todo y su erudición, se estaba volviendo como una fiera de hábitos nocturnos, de escondites, de intersticios. Nunca antes se le había visto en esa actitud enfermiza, durante unos minutos se quedó inmóvil frente al espejo repitiendo: son aforismos mis frases más triviales... Lleno, entripado de su nueva y oscura sabiduría, extravió su piedad en el estante de astrología o numerología; y su alma en el de Tarot, quiromancia y otras artes adivinatorias. Pero ya no le importaba, embebido por la miel narcotizante de su gnosis que le hacía sentirse como un dios.

Don Faustino no tuvo una Helena que lo perdiera, pero tampoco una Margarita que lo ayudara. Aunque se cree que no conoció salvación, aquí en el pueblo hay quien dice que al final de sus días, después de un largo sufrir, volvió de su lejano olvido, y que hasta murió cristianamente.