"Un día un niño...", con estas palabras dicen mis familiares que solía comenzar los relatos que yo inventaba cuando era pequeño. Más de una vez los escuché decir que en realidad yo era el protagonista de estas historias. Por vagos recuerdos, no estoy seguro que tuvieran razón, al menos, no en todos los casos.
En fin, han pasado algunas décadas, y aún gusto de contar cuentos...
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miércoles, 12 de mayo de 2010
domingo, 27 de diciembre de 2009
Contando
A J. de N.
Érase una vez, 2, 3 ó 4 veces, daba inicio la cuenta, el rosario de dígitos y su epifanía intelectual que aclaraba aporías de vida con su devenir: 10, 11,12, 13… y el cuento era también un darse cuenta, un orden matemático que contaba con otra armónica y aritmética sucesión: de letras, de palabras, de sentimientos, de hechos... geometrías de pasiones íntimas y vehementes, trama y desenlace, suspenso y éxtasis, suma de drama, ángulos y ángeles en sacras visiones, reflejos de vida esplendorosos en cuentas de perla con hilo de oro obrizo y bruñido… 19, 23, 33, 40, 1000 ó 144 mil billones: sucedía que este cuento tenía que ser y ser contado.
jueves, 15 de octubre de 2009
Conocí a Horacio
Conocí a Horacio mientras huíamos veloces, habiendo ya tirado los escudos y el valor, vencidos en la doble batalla de Filippos. Venía yo de morder -literalmente- el polvo: con la misma boca que había proferido antes tantas ardorosas y altivas amenazas, promulgando banalmente la victoria anticipada.
Fuera ya de peligro, recuerdo que en algún momento vimos pasar a un hombre mayor que evocó en Horacio la figura de su padre. Entonces, con singular alegría adornada de su inmejorable elocuencia, me habló de las virtudes y enseñanzas de su bienamado padre: de cómo habiendo sido esclavo conoció merecidamente la libertad, de cómo tan pobre procuró enriquecer siempre el alma de su descendencia... Entusiasmado y lleno de memorias y nostalgias, me relató con su palabra precisa de acabado poeta todo el brillo y la calidez del amor que sentía por su padre.
Yo, en medio de una urbe caótica de pensamientos, arruinado y más que nunca derrotado, no pude hacer otra cosa más que llorar como un niño frente a Horacio. Yo no había honrado en justicia ni a mi padre ni a mi madre. Yo era un mal hijo, confundido por el enceguecedor egoísmo que impide a los hijos amar y honrar a quienes deben como se debe. En tales momentos al fin perdoné a mis padres de tantas faltas que yo acusaba injustamente, ahora yo tendría que buscar su perdón.
Horacio paternalmente consoló mi desgraciada situación. Sus palabras limpias, llenas de lirismo, poderosas, resplandecían en mi mente, iluminando de esperanza nuevos caminos, esclareciendo el sentido de tantas cosas que ignoraba o había olvidado.
Fuera ya de peligro, recuerdo que en algún momento vimos pasar a un hombre mayor que evocó en Horacio la figura de su padre. Entonces, con singular alegría adornada de su inmejorable elocuencia, me habló de las virtudes y enseñanzas de su bienamado padre: de cómo habiendo sido esclavo conoció merecidamente la libertad, de cómo tan pobre procuró enriquecer siempre el alma de su descendencia... Entusiasmado y lleno de memorias y nostalgias, me relató con su palabra precisa de acabado poeta todo el brillo y la calidez del amor que sentía por su padre.
Yo, en medio de una urbe caótica de pensamientos, arruinado y más que nunca derrotado, no pude hacer otra cosa más que llorar como un niño frente a Horacio. Yo no había honrado en justicia ni a mi padre ni a mi madre. Yo era un mal hijo, confundido por el enceguecedor egoísmo que impide a los hijos amar y honrar a quienes deben como se debe. En tales momentos al fin perdoné a mis padres de tantas faltas que yo acusaba injustamente, ahora yo tendría que buscar su perdón.
Horacio paternalmente consoló mi desgraciada situación. Sus palabras limpias, llenas de lirismo, poderosas, resplandecían en mi mente, iluminando de esperanza nuevos caminos, esclareciendo el sentido de tantas cosas que ignoraba o había olvidado.
sábado, 25 de julio de 2009
Fraile
Es una persona admirable. Su heroísmo no es de este mundo, tampoco su alma. Ha aprendido a perdonar a tantos que lo han injuriado y odiado, lo sufre con una paciencia que es fácil confundir con otra cosa, por su carácter tan peculiar, por su escasez en estos lares, donde sólo se quiere vivir bajo el cobijo y la sombra del confort propio de la hipertecnología actual.
Camina entre rascacielos, sube por elevadores, cruza avenidas colosales entre bólidos magníficos, con la misma calma y desdén que cuando anda entre árboles y espinos en las más rústicas veredas. No le importa este mundo, todo su pensar se dirige cada vez más a Dios, contemplativo y calmado, manso y hasta torpe, pero en su simpleza sólo anhela cumplir el divino precepto. Sí, lo he visto enojarse, lo he visto fallar en alguna ocasión. Pero también he visto su profundo y sufrido arrepentimiento, he visto cómo ha renacido de las cenizas.
“Es un fraile”, le responde un hombre a su hijo, “un anacrónico” musita un transeúnte al pasar, “qué payaso”, piensa otro. Y es que aun viste la ropa del poverello de Asís y ese atuendo en esta ruidosa metrópoli "está completamente out". Qué más da, el muy inocente no sabe nada de ese smog que se arremolina sobre la gran ciudad.
Sublime o ridículo: es un ingenuo quijote, una oveja entre lobos. No olvida su sagrada misión y evangeliza en el metro o en el autobús, en la plazas o en los edificios, a cualquier hora del día.
Camina entre rascacielos, sube por elevadores, cruza avenidas colosales entre bólidos magníficos, con la misma calma y desdén que cuando anda entre árboles y espinos en las más rústicas veredas. No le importa este mundo, todo su pensar se dirige cada vez más a Dios, contemplativo y calmado, manso y hasta torpe, pero en su simpleza sólo anhela cumplir el divino precepto. Sí, lo he visto enojarse, lo he visto fallar en alguna ocasión. Pero también he visto su profundo y sufrido arrepentimiento, he visto cómo ha renacido de las cenizas.
“Es un fraile”, le responde un hombre a su hijo, “un anacrónico” musita un transeúnte al pasar, “qué payaso”, piensa otro. Y es que aun viste la ropa del poverello de Asís y ese atuendo en esta ruidosa metrópoli "está completamente out". Qué más da, el muy inocente no sabe nada de ese smog que se arremolina sobre la gran ciudad.
Sublime o ridículo: es un ingenuo quijote, una oveja entre lobos. No olvida su sagrada misión y evangeliza en el metro o en el autobús, en la plazas o en los edificios, a cualquier hora del día.
lunes, 2 de junio de 2008
Don Faustino
Don Faustino creía haber conocido de todo, pocas cosas movían ya su asombro. Había triunfado en la gran ciudad capital, donde era ya una reputada autoridad de las letras y los números. Además, contaba con posgrados en teología y antropología. Harto de sus libros, se volvió coleccionista de extravagancias intelectuales y bagatelas filosóficas. Así llegó a las artes ocultas, que comenzó a aprender en su biblioteca donde antes resonaban los versos de Bécquer, San Juan de la Cruz, Garcilaso o Sor Juana, donde recitaba a Baudelaire o a Claudel en un perfecto francés, no faltaba un Rilke en alemán o un Pessoa en portugués, ese templo ecuménico recibía todas las grandes voces.
Su piel hasta palideció, ya no sabía cómo se sentía el calor del sol sobre los poros. Con todo y su erudición, se estaba volviendo como una fiera de hábitos nocturnos, de escondites, de intersticios. Nunca antes se le había visto en esa actitud enfermiza, durante unos minutos se quedó inmóvil frente al espejo repitiendo: son aforismos mis frases más triviales... Lleno, entripado de su nueva y oscura sabiduría, extravió su piedad en el estante de astrología o numerología; y su alma en el de Tarot, quiromancia y otras artes adivinatorias. Pero ya no le importaba, embebido por la miel narcotizante de su gnosis que le hacía sentirse como un dios.
Don Faustino no tuvo una Helena que lo perdiera, pero tampoco una Margarita que lo ayudara. Aunque se cree que no conoció salvación, aquí en el pueblo hay quien dice que al final de sus días, después de un largo sufrir, volvió de su lejano olvido, y que hasta murió cristianamente.
Su piel hasta palideció, ya no sabía cómo se sentía el calor del sol sobre los poros. Con todo y su erudición, se estaba volviendo como una fiera de hábitos nocturnos, de escondites, de intersticios. Nunca antes se le había visto en esa actitud enfermiza, durante unos minutos se quedó inmóvil frente al espejo repitiendo: son aforismos mis frases más triviales... Lleno, entripado de su nueva y oscura sabiduría, extravió su piedad en el estante de astrología o numerología; y su alma en el de Tarot, quiromancia y otras artes adivinatorias. Pero ya no le importaba, embebido por la miel narcotizante de su gnosis que le hacía sentirse como un dios.
Don Faustino no tuvo una Helena que lo perdiera, pero tampoco una Margarita que lo ayudara. Aunque se cree que no conoció salvación, aquí en el pueblo hay quien dice que al final de sus días, después de un largo sufrir, volvió de su lejano olvido, y que hasta murió cristianamente.
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