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lunes, 15 de septiembre de 2008

¡Viva México!

En estos tiempos de fast food, moda y cosmopolitismo, para muchos ciudadanos del siglo veintiuno resulta irrisoria cualquier manifestación patriótica sincera. Lo in hoy en día: (mal)escribir nuevas versiones de Alta Traición. Sólo un verso así será digno del refinado gusto del ilustrado metrointelectual posmoderno, tan hambriento de spleen y acedía, tan ávido de sangre para su corazón de titanio o de asfalto (pero no de carne).

Por suerte, mi rudeza tercemundista, está muy lejos de tan alta erudición. Y como el viejo Logos de Heráclito, prefiero la vida y la razón que se halla en lo común. Así pues, como cualquier mexicano común, prefiero un franco, sonoro y popular "Viva México" en el Zócalo, a la más sofisticada exquisitez de Altas Traiciones recitadas pomposamente en Bellas Artes.

Sí, me confieso contagiado de patriotismo. Amo a México. Sí, lo diré cuántas veces sea necesario, amo profundamente a mi país, me emocionan como a un niño los colores de la bandera y la notas de nuestro bélico Himno. También me fascinan esos otros himnos que llenan de júbilo: Cielito Lindo, México en la piel, México lindo y querido, La Negra, Viva México y tantos más.

¿Abstracta la Patria, e inasible? No, la Patria la llevo en el pulso, así de cerca, así de íntima. La vislumbro hasta en los cotidianos y perfectos amaneceres que aquí se dibujan. Tan concreta, tan palpable como el mole, el aguacate, el mezcal o los chiles habaneros. Pletórica, la Patria, tan llena de vitalidad como el bello rostro de una doncella mexicana.

No me cabe duda: mi favorita es la comida mexicana (ejem, junto con la italiana). Me gustan las coloridas tradiciones con sus muy antiguas costumbres, la abundancia de vida y la versatilidad de la flora, las mágicas ciudades con calles por momentos surreales, las hermosas tonalidades de la piel en las mujeres, los paisajes infinitos de nuestra tierra, los modestos pueblos donde se viste sombrero y se viaja en carreta, la estética muy particular de nuestra gente, las bandas musicales, y me gusta hasta la manera en que se ven acá las estrellas y la luna.

¡Viva México!

Viva México

lunes, 2 de junio de 2008

Don Faustino

Don Faustino creía haber conocido de todo, pocas cosas movían ya su asombro. Había triunfado en la gran ciudad capital, donde era ya una reputada autoridad de las letras y los números. Además, contaba con posgrados en teología y antropología. Harto de sus libros, se volvió coleccionista de extravagancias intelectuales y bagatelas filosóficas. Así llegó a las artes ocultas, que comenzó a aprender en su biblioteca donde antes resonaban los versos de Bécquer, San Juan de la Cruz, Garcilaso o Sor Juana, donde recitaba a Baudelaire o a Claudel en un perfecto francés, no faltaba un Rilke en alemán o un Pessoa en portugués, ese templo ecuménico recibía todas las grandes voces.

Su piel hasta palideció, ya no sabía cómo se sentía el calor del sol sobre los poros. Con todo y su erudición, se estaba volviendo como una fiera de hábitos nocturnos, de escondites, de intersticios. Nunca antes se le había visto en esa actitud enfermiza, durante unos minutos se quedó inmóvil frente al espejo repitiendo: son aforismos mis frases más triviales... Lleno, entripado de su nueva y oscura sabiduría, extravió su piedad en el estante de astrología o numerología; y su alma en el de Tarot, quiromancia y otras artes adivinatorias. Pero ya no le importaba, embebido por la miel narcotizante de su gnosis que le hacía sentirse como un dios.

Don Faustino no tuvo una Helena que lo perdiera, pero tampoco una Margarita que lo ayudara. Aunque se cree que no conoció salvación, aquí en el pueblo hay quien dice que al final de sus días, después de un largo sufrir, volvió de su lejano olvido, y que hasta murió cristianamente.