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jueves, 13 de agosto de 2009

Nadie entre aquí...

Dicen que un anciano poeta hace mucho tiempo dio vida a una rara esfinge, en ese territorio sin mapas ni astrolabios, pronunciando o escribiendo quién sabe qué letras o qué palabras sobre la cantera hoy desaparecida. Desde entonces, vigila los valles con su inquietante y pétrea mirada. La leonina figura de su cuerpo se yergue femenina en la entrada de ese panteón de reyes, para proteger con la ferocidad de un cancerbero el tesoro de verdad que yace dentro. Su hermoso rostro de doncella es un encanto más, como su voz, inverosímil y espectral, un anzuelo son sus enigmas desquiciantes, ahí se pierden atracadores y ladrones, estrangulados ahí sucumben traidores, pederastas y asesinos: soberbia y terrible fortaleza que en los dinteles de su gigantesca, inexpugnable y antiquísima puerta lleva escrito no sé si en griego o en latín, pero claramente se entiende: "Nadie entre aquí si no sabe amar”.

jueves, 13 de marzo de 2008

Cioran, mi hermano

Cuánto le debo a Cioran. Cuánto dulce gozo recibí de sus amargas letras, a manera de medicina recetada sabiamente. Su estilo de algún modo pervive en mí, aunque nuestros espíritus sean tan diferentes, tantas veces incompatibles (v. g.: aborrezco su histérica especulación contra San Pablo). Me contagió su apasionamiento por la literatura, me sentí emparentado con su "obsesión" por Dios (los dos no podemos dejar de pensar en Él). Aunque Cioran negara a Dios, declarándose ateo y descreído, siempre volvía, una y otra vez Dios se hacía presente en sus líneas.


Otra cosa hemos compartido, además de múltiples lecturas: nos tocó sufrir la acedía del siglo veinte (Gracias a Dios que he podido vivir un veintiuno con fe y esperanza, y en gran medida, por justicia hay que decirlo, gracias al grandísimo poeta Wojtyla).


Por supuesto, mis libros favoritos de su bibliografía son también los primeros que leí de él: "La caída en el tiempo", "De lágrimas y de santos" e "Historia y utopía".


Si no me falla la memoria, comencé a leer a Cioran en 1998, hace diez años ya. Fue una de las varias lecturas que me recomendó Morgan, un amigo de Sabina. Me escribió una lista de autores en una servilleta, en medio de una fiesta: una breve plática que cambió mi vida, por las recomendaciones y por el diálogo tan fructífero.