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sábado, 27 de febrero de 2010
Mirar los cielos
Me dijo, no sin cierto orgullo y aun con un dejo de misantropía, que la gente casi no alza la vista al cielo, que muchos son los que no se detienen en la contemplación de esa obra suprema del arte natural. "Deberían mirar a los cerdos: siempre atentos al suelo y el lodo". Ahora puedo ver hasta que punto tenía razón, pues el ser humano, el ser contemplativo (anthropos: es decir, anathrei opopen) por excelencia, debe estar a la altura de su dignidad de persona: en cada momento está llamado a trascender, a superar la inmediatez del animal, a levantar la mirada y vislumbrar el horizonte de la eternidad.
Etiquetas:
anthropos,
antropología,
antropológico,
eternidad,
Mirar a los cielos,
ser humano,
trascendencia
martes, 19 de febrero de 2008
Dios nunca muere
Muere el sol en los montes
con la luz que agoniza,
pues la vida en su prisa
nos conduce a morir.
Pero no importa saber
que voy a tener el mismo final,
porque me queda el consuelo
que Dios nunca morirá.
Voy a dejar las cosas que amé,
la tierra ideal que me vio nacer,
pero sé que después habré de gozar
la dicha y la paz que en Dios hallaré.
Sé que la vida empieza
en donde se piensa
que la realidad termina.
Sé que Dios nunca muere
y que se conmueve
del que busca su beatitud.
Sé que una nueva luz
habrá de alcanzar
nuestra soledad.
Y que todo aquel
que llega a morir
empieza a vivir una eternidad.
Muere el sol en los montes
con la luz que agoniza
pues la vida en su prisa
nos conduce a morir.
El pez por la boca muere, como Nietzsche y su vocinglero afán de callar el eco sonoro de la Presencia de Dios. Sí, el Dios omnipotente nunca morirá, Dios siempre es Vida y Resurreción. Tal es la certeza de mi pueblo oaxaqueño que ha hecho del "Dios nunca muere" su himno perpetuo e inmortal.
con la luz que agoniza,
pues la vida en su prisa
nos conduce a morir.
Pero no importa saber
que voy a tener el mismo final,
porque me queda el consuelo
que Dios nunca morirá.
Voy a dejar las cosas que amé,
la tierra ideal que me vio nacer,
pero sé que después habré de gozar
la dicha y la paz que en Dios hallaré.
Sé que la vida empieza
en donde se piensa
que la realidad termina.
Sé que Dios nunca muere
y que se conmueve
del que busca su beatitud.
Sé que una nueva luz
habrá de alcanzar
nuestra soledad.
Y que todo aquel
que llega a morir
empieza a vivir una eternidad.
Muere el sol en los montes
con la luz que agoniza
pues la vida en su prisa
nos conduce a morir.
El pez por la boca muere, como Nietzsche y su vocinglero afán de callar el eco sonoro de la Presencia de Dios. Sí, el Dios omnipotente nunca morirá, Dios siempre es Vida y Resurreción. Tal es la certeza de mi pueblo oaxaqueño que ha hecho del "Dios nunca muere" su himno perpetuo e inmortal.
martes, 1 de enero de 2008
Bitácora de viaje.
Ha sido un viaje, nuestra vida, desde los tiempos remotos del naufragio moral de Adán, tan sólo un viaje, una peregrinación, un éxodo. Erramos. Pero, si no es para andar, para qué las piernas, si no es para la felicidad, para qué los deseos que nos mueven a la meta desde nuestras menesterosas entrañas.
Aun en casa, en la casa de nuestros padres o abuelos, por muchos años vividos en cualquier morada, nuestra estancia en esta vida postadánica ha sido y será efímera frente a la eternidad: un viaje pues, ha sido nuestra vida, que dura poco aunque mucho parezca que se dilate. Una terquedad entonces nuestros intentos de eternizar lo perecedero. Todo resulta vano frente a la cuestión, urgentísima y de suprema importancia, de nuestra salvación: la victoria sobre la muerte, que no puede ser tal un prodigio humano -como la pretendida ciencia de un Empédocles- sino que sólo puede provenir de Dios y de su don gratuito. Semejante concepto que la tradición judeocristiana ha insistido en anunciar en este mundo de fugaces devenires, sin duda ha revolucionado ya nuestra humanidad , la manera misma de vernos: si hay algo más que esta vida, nuestra sed inagotable de eternidad tiene sentido. Y con todo ha habido quienes tristemente han rechazado la noticia de esperanza y plenitud.
Y pasan las horas, y hoy celebramos el inicio de un nuevo año. Todo inicio es un momento importante para reflexionar sobre la renovación, la necesidad de metanoia : la conversión auténtica del espíritu.
Aun en casa, en la casa de nuestros padres o abuelos, por muchos años vividos en cualquier morada, nuestra estancia en esta vida postadánica ha sido y será efímera frente a la eternidad: un viaje pues, ha sido nuestra vida, que dura poco aunque mucho parezca que se dilate. Una terquedad entonces nuestros intentos de eternizar lo perecedero. Todo resulta vano frente a la cuestión, urgentísima y de suprema importancia, de nuestra salvación: la victoria sobre la muerte, que no puede ser tal un prodigio humano -como la pretendida ciencia de un Empédocles- sino que sólo puede provenir de Dios y de su don gratuito. Semejante concepto que la tradición judeocristiana ha insistido en anunciar en este mundo de fugaces devenires, sin duda ha revolucionado ya nuestra humanidad
Y pasan las horas, y hoy celebramos el inicio de un nuevo año. Todo inicio es un momento importante para reflexionar sobre la renovación, la necesidad de metanoia
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